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 Ultima actualizaci? :   07/06/2009  

 

 

                                  

Documentos


 

INFANCIA EN INDEFENSIÓN [1]

 Eduardo Bustel o Graffigna [2]

 

“En el principio es el grito. Nosotros gritamos.

Cuando escribimos o cuando leemos, es fácil olvidar que en el principio no es el verbo sino el grito. Ante la mutilación de vidas humanas provocada por el capitalismo, un grito de tristeza, un grito de horror, un grito de rabia, un grito de rechazo: ¡NO!”   John Holloway       

 

 Introducción

 Como todo campo[3], el de la infancia está compuesto por enfoques, análisis, estudios y conceptos; por la práctica que incluye un conjunto de  acciones, programas y políticas y finalmente, por una amplia gama de actores intervinientes. Aún siendo un campo que uno podría presumir “definido”, es propenso a ambigüedades que ocultan rel aciones sociales de dominación lo que conduce a imprecisiones que uno podría afirmar que no son “inocentes”. Esta aseveración tiene aún más fuerza dada la expansiva difusión mediática y la “preocupación” pública que el tema de la infancia cubre en la industria cultural.

En la dimensión temporal de la infancia y la adolescencia pueden reconocerse como tres instituciones que dejan “marca” en su desarrollo: la familia, la escuel a y los medios de comunicación. Las dos primeras son las que tradicionalmente han recibido más atención.  En este trabajo, pretendo concentrarme -aunque no exclusivamente- en la forma más general e ideológica de trasmisión de las diferentes rel aciones de dominación que se establecen sobre la infancia y la adolescencia. Allí sin duda tiene mucha incidencia la familia y todavía la escuel a aunque de una forma creciente, están asociados los medios de comunicación que “amplifican” los discursos explícitamente distorsionados que pretenden ocultar esas rel aciones de dominio. Intento avanzar en la localización y revel ación de las “obscuridades” que considero más relevantes y en la envergadura que revisten las instituciones estatales en la protección de la infancia y la adolescencia como categoría social. Discuto asimismo el estatuto de los derechos de niños/as y adolescentes centralizando el campo de la infancia en el contexto de la lucha política. Por otro lado, recalco la importancia del Estado como un espacio público significativo en la lucha política por los derechos dadas las dificultades que la infancia y la adolescencia tienen para auto representarse como actores en un escenario democrático. Desde estas dimensiones, procuraré explicitar los puntos más sobresalientes que determinan la  producción de lo que en este campo denomino estado de indefensión en que se encuentran niños, niñas y adolescentes[4].

 

La biopolítica de la Infancia

 La infancia y la adolescencia son identificables con la vida como iniciación. La infancia es nacimiento y epifanía. el filósofo italiano Giorgio Agamben explica bien como los griegos no tenían una sola palabra sino dos para denotar la vida. Por un lado estaba la zoé que expresaba la vida pura, el simple hecho de vivir, la nuda vita (vida desnuda) como vida fuerza o vida biológica y por otro lado el bios, la vida rel acional que implica el lenguaje, la política y la ciudadanía. En el caso de la infancia uno podría resumir la zoé en sobrevivencia y el bíos en la ciudadanía y la política.

Foucault a su vez,  ha planteado la palabra biopolítica para analizar la relación del poder con el cuerpo viviente y al mismo tiempo con la construcción de subjetividad. La biopolítica define el acceso a la vida y las formas de su permanencia y asegura que esa permanencia se desarrolle como una situación de dominación.  En las instancias iniciales de la vida, la bipolítica designa la situación en donde la política suprime el bios para despojar todo lo humano de los humanos dejándolos sólo como zoé. Según Foucault, en la antigüedad el hombre tenía una existencia destinada a la vida política, en cambio esa relación se invierte en la actualidad en donde la política tiene como objeto al mismo ser viviente[5]. Foucault, abandona así el enfoque clásico del poder jurídico institucional, para pasar a visualizarlo como el modo específico en que el poder penetra en el cuerpo mismo de las personas, en su subjetividad y en sus formas de vida. En un principio se trataba de un poder de control externo que generó la sociedad disciplinaria. Pero también Foucault llegó a conceptualizar el paso de una sociedad  disciplinaria a una sociedad de control en donde los mecanismos y dispositivos de dominación se distribuyen y difunden más sutilmente en la sociedad logrando que cada vez más los ciudadanos internalicen las pautas y códigos adecuados de integración o exclusión. el poder se entreteje con dispositivos muy fuertes que organizan la vida y el cerebro humano a través de las poderosas máquinas de comunicación social, de las redes informáticas y de una amplia gama de sistemas de control. el poder se ejerce ahora desde adentro justo cuando muchos creen que desarrollan una subjetividad propia y autónoma. En otras palabras: el biopoder define las condiciones de  ingreso en la fuerza laboral, las rel aciones de  “filialidad” en la familia, controla la individuación y la heteronomía en el proceso educativo, sistematiza su incersion en el mercado de consumo y regula su comportamiento a través de la ley.

La infancia es la instancia de la inauguración de la vida y en donde la aparición del biopoder aparece en su forma paroxística. Y aquí  podemos distinguir dos nivel es. Uno es propiamente  la vida sobreviviente, la zoé de niños y niñas y está rel acionada a la materialidad del existir, a su mera sobrevivencia. Y  lo que expresa esa situación es la infancia en situación de pobreza[6].

 

La Pobreza y Los Niños/as y Adolescentes

Muchos y variados son los conceptos de pobreza y sus dimensiones asociadas. La expansión teórica y metodológica que ha tenido el concepto es admirable y ha contribuido tanto a la concomitante confusión de sus usos y desarrollos programáticos, como a su incapacidad para inspirar una práctica trasformadora ante una realidad que, en el caso de  niños/as y adolescentes, resulta intolerable[7].

Ahora bien, esta “producción” intel ectual no es “cándida” y precisamente por el lo, la mayor parte de el la tiene como objetivo ocultar aquel lo que “describe”. Es que los discursos sobre la pobreza llevan embutidos los argumentos que derivan en acciones o modalidades de entender el problema que no son conducentes a su superación. Como afirmaré, existen en la biopolítica poderosos dispositivos ideológicos que proceden a legitimar una situación de dominación por medio de la ocultación de la relación social primaria que la expresa que en este caso, es la de los ricos sobre los pobres. La pobreza de propuestas sobre la pobreza consiste principalmente en “empobrecer” su discurso focalizando el análisis sólo sobre los pobres ignorando la dominación de los ricos.  Y es en esa tensión dominante-dominado en donde la situación de pobreza de la infancia debe ser entendida y localizada como relación social.

No pretendo aquí amplificar esta discusión con argumentos que he dado hace bastante tiempo[8]. La pobreza y la riqueza no son sólo una distribución estadística. Esa relación tiene que ver principalmente con la igualdad, esto es con el entendimiento de que la pobreza se da al interior de rel aciones sociales asimétricas asociadas en última instancia a la distribución del poder económico y a las modalidades en que este influye y/o determina la práctica política. Para una política por y con la infancia también el centro de la cuestión es el poder: esto es,  si este puede ser determinado en una dirección opuesta a la opresión que genera la pobreza y /o puede producirse un contrapoder que emancipe las víctimas de su opresión. La cuestión de la infancia pobre es entonces una cuestión biopolítica mayor. No hay políticas para la infancia “fuera” de la política que por lo tanto no pasen por la construcción de rel aciones sociales más simétricas. En otras palabras, todo discurso que plantee la pobreza por fuera de rel aciones sociales de dominio y sobre todo, como una situación que requiere “soluciones” externas a la práctica política concebida ésta como proceso colectivo emancipador, está asociado directa o indirectamente a ejercicios argumentativos para justificar el statu quo. O digámoslo sin eufemismos: analizar el hecho “social” del ser pobre o más particularmente, la situación niño/a adolescente pobre, no rel acionándolos a los procesos económicos de concentración de ingresos, riqueza y poder, es como trabajar por su reproducción.

En el caso de los niños/as y adolescentes no hay más que una simple y transparente constatación: la mayoría de los niños son pobres y la mayoría de los pobres son niños. Uno de cada dos niños/as es pobre en el mundo. el los/as permanecen en el mundo de la zoé.  La desigualdad de las rel aciones sociales afecta profundamente la situación de la infancia[9]. el análisis de los determinantes de la pobreza de los niños y niñas es por demás conocido. el impacto de sus consecuencias de todo orden  están  ya sobre argumentadas y nuestra responsabilidad como adultos es moralmente inconmensurable.

Pero siguiendo mis argumentos, la cuestión no es sólo “analítica” sino sobretodo biopolítica pues hablamos de poder. Afirmo entonces que la cuestión central en la relación pobreza-infancia es el poder puesto que niños/as y adolescentes son por autonomacia “los que no tienen poder”. La biopolítica de la infancia consiste en mantenerla en la zoé  como sólo sobrevivencia e inhibir o regular el desarrollo de la ciudadanía y su acceso a la política. Aún más, deseo enfatizar que la biopolítica implica la regulación de la vida pues en esta instancia de la edad temprana, es donde se define quien accede a el la, quien no y quien permanece en el la “reglamentando” las condiciones de esa permanencia. Y esto es lo que trataré a continuación.

 Tanatopolítica

 La biopolítica puede ser pensada como la capacidad regulatoria del poder sobre la vida pero también como “tanatopolítica” o sea la negación de la vida o la política de expansión de la muerte. La mortandad de niños, niñas y adolescentes es la forma más “silenciada” de la tanatopolítica moderna. Denomino entonces forma superior de biopolítica a la que se “aplica” a las nuevas generaciones. En este caso, la muerte masiva  y cotidiana de 30.000 niños/as y adolescentes por día, lo que aparece completamente “naturalizado” y nadie podría ser condenado por esta situación.

Es por esta razón que parangonando a  Agamben[10], existe desde el inicio de la vida un “Niño Sacer” cuya muerte sagrada y ofrendada ha sido mostrada desde la antigüedad como gratitud o generosidad a los dioses. Desde el derecho romano, la vida del niño/a ha sido definida parodojalmente como contrapartida de un poder que puede eliminarla. Vitae necisque potestas designa ya en el hecho de “nacer” la potestas del padre de dar vida o muerte al hijo varón[11]. También en un principio como explica Foucault, el soberano que convocaba a la guerra reclamaba la vida de sus súbditos: más que la vida exigía la muerte como el derecho de dejar de vivir. Esta situación adquiere hoy otras formas como veremos pero todavía persiste una forma tanática “moderna” que consiste en la naturalización del horror de millones de niños/as y adolescentes que mueren todos los años (10,6 millones) en el silencio, en una muerte verdaderamente “silenciada” y cuya responsabilidad sospechosamente, no puede ser atribuida a nadie.

Entran también como forma tanatopolítica, los niños/as y adolescentes que son reclutados para ir a la guerra, proceso de enrolamiento que comprende su instrucción para matar. En la última década más de 1,6 millones de niños han muerto en conflictos armados. Y el número de niños que han tenido que abandonar sus hogares debido a conflictos y violaciones de derechos humanos llega a más de 20 millones. Los mecanismos de inducción al odio, a la demonización del “otro” y la dinámica de intransigencia que se desata se asocian al extermino[12]. En la dimensión de la muerte, el biopoder de los que dominan no tiene dudas: “se educa a poblaciones enteras para que se maten mutuamente en nombre de la necesidad que tienen de vivir” y también Foucault lúcidamente expresa: “si el genocidio es por cierto el sueño de los poderes modernos, el lo no se debe a un retorno, hoy, del viejo derecho de matar; se debe a que el poder reside y ejerce en el nivel de la vida, de la especie, de la raza y de los fenómenos masivos de población”[13].

Es un dato más que evidente que también los niños y las niñas son las primeras víctimas de la guerra. Desde 1990, se estima que el 90%  de las muertes relacionadas a conflictos armados en todo el mundo han sido civiles  y un 80% de las víctimas han sido mujeres y niños. En el lenguaje militar esto se denomina  depravadamente “colateral damage[14]. Y a lo anterior debe añadirse, las escuelas destruidas, los hospitales dañados, los insumos escolares y en salud básica inutilizados, y los sistemas de agua potable sin funcionar.

 Biopolítica y Subjetividad

 el segundo dispositivo de la biopolítica está relacionado propiamente al bíos esto es, los dispositivos destinados a la construcción de la subjetividad puesto que se trata de controlar la vida desde adentro mismo del sujeto. Es la sociedad de control de la que hablamos anteriormente. En el caso de la infancia y la adolescencia, esta construcción abarca tanto la visión de los adultos sobre los niños como la propia de los niños/as y adolescentes y su relación con los adultos y el mundo.

Deseo hacer aquí algunas precisiones conceptuales puesto que, en el caso de la infancia y la adolescencia, estamos muy lejos del “fin de las ideologías”. Muy por el contrario, las Comunicaciones distorsionadas forman parte de los mecanismos a través de los cuales el poder sobre niños/as y adolescentes legitima un sistema de dominación. Jürgen Habermas ha puntualizado que la ideología desactiva la forma comunicativa del lenguaje para servir a los intereses del poder. Y si las formas de comunicación son sistemáticamente distorsionadas se producen dos cuestiones cruciales para entender su vigencia en la lucha política: la apariencia de normatividad y la imparcialidad. La normatividad hace alusión a un “deber ser” cuyo “deber” se impone como práctica discursiva de poder. En el caso de la infancia y la adolescencia es un “deber” despótico al que todo “se debe”. Es un deber, sin apel ativos, a los adultos. La imparcialidad a su vez se refiere a su supuesto carácter “objetivo”: coincidencia “pura” y plena con una “realidad” ante la cual sólo cabe someterse. En esas condiciones, la distorsión sistemática de mensajes consigue abolir incluso las propias dimensiones a través de las cuales puede juzgarse su “deformación” y de ese modo volverse invulnerable a la crítica. La ideología que puede ser expresada en la forma de un discurso, de una política o de un programa alcanza así su máxima potencia al invalidar su exterioridad. Como lo ha explicado Terry Eagleton la ideología llega a su punto máximo de eficacia cuando niega la posibilidad de un  “afuera”[15].

Pero la ideología también esta rel acionada al sujeto pues penetra en el desarrollo mismo de la subjetividad: es una estructura que se impone sin pasar necesariamente por la conciencia[16]. Es por esto que Bourdieu piensa en el concepto de habitus[17] con lo que designa la inculcación en hombres y mujeres  de un conjunto de disposiciones duraderas que generan lo que domina “inconciente cultural”. Se “naturaliza” así un orden social por

medio de estructuras objetivas y subjetivas. Particularmente agudas son sus observaciones de cómo opera una ideología en términos de “campos[18]. Estos son sistemas de rel aciones sociales que funcionan respecto a un área en donde se compite por lo mismo y que funcionan con su propia lógica interna. En los campos y particularmente en el de la infancia, se juega el máximo de dominio cuando los agentes que detentan el poder se legitiman con un discurso distorsionado que otorga “legitimidad” a los participantes dóciles y al mismo tiempo, consiguen dejar de ser reconocidos como lo que son: esto es poder y dominación.

RECUADRO No 1

 

SILLA el ÉCTRICA PARA QUE “JUEGUEN” LOS NIÑOS                                                    

 
 


 

En un shoping de la ciudad de Rosario en Argentina (que puede significar “muchos lugares en el mundo”), se instaló en un patio de juegos infantiles una silla el éctrica para que “jueguen” los niños. La silla era una emulación de la que se utiliza para ejecutar a los condenados a muerte. Se manejan microvoltages para “recrear” la horrorosa situación previa a la instancia final que clausura la vida.

el empresario que la instaló, declaró que era como cualquier juego; que él “no veía” la diferencia con otros “entretenimientos” infantiles y que los padres traían a los hijos “libremente” para que jueguen con este instrumento macabro. Esta situación, tiene muchos ángulos para reflexionar que son apropiados a los puntos que trato en este trabajo.

La silla puede ser tomada como la metáfora tradicional del castigo biopolítico definitivo que aguarda a la infancia si no se siguen las normas aceptadas. La vida sagrada puede ser dada y puede ser quitada y el “matarás” forma parte de la ley desde la infancia temprana.

A su vez, la silla puede ser tomada como la simbolización del orden disciplinario del que representa la instancia final máxima mostrada a los niños como “juego”. el mensaje se naturaliza pues el empresario no “ve la diferencia” ni tampoco los padres parecen captar el mensaje implícito de la “ley” que le espera a sus hijos. el instrumento se ofrece al entretenimiento con toda su “inocencia”.

Como lo ha expresado Foucault en VIGILAR Y CASTIGAR “se trata de reincorporar las técnicas punitivas –bien se apoderen del cuerpo en el ritual de los suplicios, bien se dirijan al alma- a la historia de ese cuerpo político”. Y sugería que las prácticas penales sean consideradas menos como una consecuencia de la teorías jurídicas que como un capítulo de la anatomía de la política. La silla en su carácter “inofensivo” e “inocente” es una ilustración del Estado de Indefensión: todos podemos defender los “derechos” de los niños/as pero al final, la metáfora “el ectrizante” nos enseña que ni la tortura, ni el sufrimiento y la muerte  podrían ser descartados en el proyecto de una humanidad inconclusa. 

 En el campo de la infancia, estas prácticas discursivas distorsionadas y manipulatorias se han constituido en un orden “natural” en donde los factores de poder conocen que es en el “tiempo” de la infancia donde se inicia el proceso constructivo de su situación de dominio y en donde el ocultamiento de la relación de domino se hace más evanescente. Como afirmé, se cumple en este campo como quizás en ningún otro, aquel primado que establece que una relación de dominación para ser efectiva debe permanecer oculta.

Funciona así como una inmensa máquina de captación incautos o de “lavar” conciencias o como un “analgésico” de amplio espectro para aquel los que sinceramente se comprometen y creen hacer “el ” bien.

Pero también en el campo de la infancia existen rivalidades y luchas para obtener poder simbólico y prestigio entre diferentes grupos, organismos civiles, rel igiosos, sindicales, organizaciones sectoriales y empresas comerciales. Lo anterior implica que al interior del campo como manifiesta Foucault, existe una microfísica del poder y analizarla sería como descubrir la anatomía del mismo. “Se trataría en él del cuerpo político como conjunto de los elementos materiales y las técnicas que sirven de armas, de rel evos, de vías de comunicación y de puntos de apoyo a las rel aciones de poder y de saber que cercan los cuerpos humanos y los dominan haciendo de el los unos objetos del saber”[19]

Ampliando podemos afirmar, que el poder que se ejerce en este campo más que ser una propiedad o un atributo, es una estrategia de dominación y está compuesto de tácticas, subterfugios, tergiversaciones conceptuales, manipulaciones y de dispositivos que se aplican no como una prohibición a quienes están “adentro” del campo “sino que los invade, pasa por el los y a través de el los; se apoya en el los….” para lograr en el caso de la infancia y la adolescencia sujetos obedientes, sumisos y ordenados (Ver Recuadro No.1).

Hechas estas reflexiones, veamos ahora con más detenimiento los dos enfoques que considero hegemónicos respecto a la relación social que involucra a niños/as y adolescentes. Digamos desde el inicio, que ambos no son excluyentes sino funcionalmente complementarios.

 

 

 

 

 

 

La Compasión

 el primer enfoque prevaleciente respecto de los niños es ciertamente el basado en la compasión. Siendo seres indefensos e inocentes son moralmente no imputables. Entonces: ¿Cómo no movilizar los sentimientos, cómo no ayudar, cómo no entregarse a su “causa”, cómo no asemejarse a los niños/as? Los medios de comunicación masiva abusan en la presentación de este discurso mediante la promoción de situaciones de ayuda social “meritoria” y personas “ejemplares” con avisos y campañas publicitarias. También se apel a a temas que crean escenarios de expectación perversa mostrando situaciones y casos límite de abuso, trata y explotación de niños/as y adolescentes. Esta “exageración” está intencionalmente presentada más allá de la situación “objetiva” de esos niños/as oprimidos puesto que se “produce” este ambiente mediáticamente  enervante con el propósito principal de vender espacios publicitarios. Igualmente, esta estimulación  se presume que está directamente asociada a la sensibilización de la población que es la base de la construcción de un contexto “compasivo” (Ver Recuadro No.2).

Aunque se apel a al niño/a pobre, lo fascinante es como se evade el problema de la redistribución de los ingresos y la riqueza que es la “base” de la explicación de la infancia pobre: se plantea que lo que les sobra a unos es exactamente lo que necesitan otros y que por lo tanto, sería sólo suficiente poner en contacto al donante y al necesitado. Dar lo que “sobra” implica además soslayar la relación de dominación en que se hallan inmersos los niños/as pobres pretendiendo que hay una solución que se deriva por un lado, de un compromiso individual al que se le atribuye la solidaridad (benefactor) y de otro lado, a la aceptación pasiva de una “generosidad” que anularía la dominación. 

 

RECUADRO No.2 (*)

 

el “BUEN” SAMARITANO

La publicidad social  de las organizaciones sociales del stablishment, del Banco Mundial y más particularmente de las empresas con “responsabilidad” social, usa a personas ejemplares y a su compromiso con niños/as y adolescentes. Pero mediante este artilugio se “invierte” la significación de ejemplaridad y se pretende “demostrar” un camino cuyo sentido invoca en primer lugar, que los temas asociados a la lucha contra la pobreza y la igualdad son un compromiso personal y que nada tienen que ver con la emancipación de rel aciones sociales de dominación y por tanto, con la política. Lo “personal” a su vez, quiere decir una disposición interna en donde “hacer el bien” coincide con “el propio” bien: se trata de una “solidaridad” egoística. Y además, socialmente “no cuesta nada”: se trata solamente de “dar una mano”. En segundo lugar, en esta lucha nada tiene que ver lo público-estatal sino que implicaría simplemente un compromiso que queda encapsulado en el ámbito privado. Y mejor si este compromiso es “voluntario” esto es, enraizado en las actitudes cotidianas de todas las personas durante todos los días. ¡Así de simple!

 

 

En tercer lugar, la “amoralidad” de la publicidad disfraza una intención legitimatoria que busca hacer aparecer como idénticos la “bondad” del capital y las organizaciones sociales que lo representan, con el compromiso respetable y sincero de una mujer con la causa de los niños/as y adolescentes. Este testimonio personal podría por supuesto ser cuestionado, pero en ningún caso banalizado.

(*) Publicidad aparecida en múltiples medios de comunicación nacionales y provinciales. Véase como ejemplo, Revista Noticias, Año XXI, No.1339, 24 de agosto del 2002. Buenos Aires.  Argentina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Generosidad que coincide con gratuidad ya que, eliminar la pobreza depende sólo de un gesto, apenas una actitud que en el fondo “no cuesta nada”[20]. el supuesto “no costo” a su vez está pensado por un lado, como contrapartida a lo “costoso” y corrupto de las políticas estatales y por otro lado,  al voluntariado social al que se le asocian las características de seriedad, generosidad y altruismo[21].

Digamos que los sentimientos son imprescindibles pero ciertamente no suficientes. Una cosa es “con-padecer” y otra es esparcir gas lacrimógeno para neutralizar una conducta pro-activa por una efectiva implementación de los derechos de la infancia. Asimismo afirmo que el paternalismo/maternalismo reproduce una relación “protectora” descaradamente asimétrica. el que protege, es dueño del poder y la voluntad sobre “el desprotegido”. Además, no es una relación que “hace” el bien o que busca hacer el bien en el otro sino principalmente que “me hace bien” en el sentido de una actitud narcísica[22]. No provoca creciente autonomía como fuente para la expansión de una subjetividad responsable, origen de ciudadanía. Y fundamentalmente, porque el problema

no es de índole particular y no se resuel ve desde un compromiso personal con un niño o un proyecto, sino en un espacio colectivo construido como política pública. La dependencia y la cautividad de los niños de una relación de “padrinazgo” los hace víctimas del despotismo de la benevolencia.[23] Y cuando con este enfoque se responde con programas del sector público se promueve una ciudadanía “tutel ada” que termina bajo los argumentos del amparo, en la criminalización, opresión y represión de los niños, niñas y adolescentes

el enfoque “compasivo” tiene además -en su evocación de una supuesta “responsabilidad social”- una práctica recaudatoria. En realidad se promueve la sensibilización presentando situaciones límite, en donde movilizar sentimientos, tiene también como objetivo promover donaciones (pecuniarias, en bienes o en tiempo del “donante”). Y la donación da “prestigio”. Más perversa y tergiversada en su fingida intencionalidad es la organización de shows benéficos, rifas o “cenas” recaudatorias en donde los dueños del poder además de disfrutar y “pasar un buen momento” recaudan dinero para los niños y niñas pobres[24]. La crónica mediática es  explícita en presentar una riqueza obscena como espectáculo que “divierte para beneficiar” a los niños. En este sentido, el discurso no tiene ninguna pretensión de distorsión comunicativa: los niños son un motivo más para mostrar la riqueza y la pertenencia a los círculos distintivos del poder.

el problema comienza cuando el niño/a entra en “conflicto con la ley”. Allí es donde naufraga este enfoque ya que “convierte” la compasión en feroz represión: el poder termina impiadosamente imponiéndose a los que no tienen poder. el despotismo se hace explícito pues el “niño-amenaza” debe ser sometido y a estos afectos, considerado “adulto”. En el momento de la “internación”, que coincide con la abolición efectiva de la

voz y libertad del sujeto, es cuando se hace efectiva “la verdadera” responsabilidad de una subjetividad que ahora se considera “autónoma y plenamente responsable”. La relación se “invierte”: de “protegido” se pasa a ser responsable y los “protectores” se convierten así en la fuente de la desprotección más inhumana.

La soberanía de esta relación de dominio termina finalmente expresándose en el poder de policía. No sólo en la institución policial, sino también en los mecanismos de control y de poder que aseguran el “disciplinamiento” de la infancia y la adolescencia. Los niños/as y adolescentes terminan conformando lo que Robert Castel denomina “clases peligrosas”. De este modo, puede percibirse en muchos países respecto a la infancia y la adolescencia, un paulatino deslizamiento de un Estado Social a un Estado de la Seguridad en donde se proclama sin eufemismos “tolerancia cero”.

 La “Inversión”

 el segundo enfoque prevaleciente es el de la infancia y la adolescencia como inversión económica que produce una determinada rentabilidad. Se trata de una colonización conceptual del lenguaje expansivo de la economía profusamente propagada por los Bancos Internacionales. Esta es la versión utilitarista e individualista más pérfida: es conveniente en términos económicos “invertir en capital “humano” una paradoja para la más inhumana de todas las lógicas opresivas: la lógica del capital que ahora se hace “humana”. Educar a un niño me conviene y nos conviene aunque no sabemos si a el los “les conviene” puesto que no conocemos de qué “educación” se trata. Y esta conveniencia, es una conveniencia económica que en términos monetarios se mide como “tasa de retorno”. Con este argumento, que implica la introducción de la razón utilitaria por sobre los derechos, se pretende convencer al poder (los bancos codiciosos, los empresarios corruptos y los gobernantes ineptos) que los niños son buenos para la lógica de la ganancia. Así tenemos hoy los bancos y las grandes corporaciones “trabajando” y haciendo promociónes por los niños. Mercantilización de la infancia es así negocio para las ahora “buenas” empresas y los bancos que mejoran así su “imagen” institucional[25].

Igualmente, la lógica de la ganancia argumenta que la inversión en educación determina a mediano plazo determina el crecimiento económico y que éste derrama generosamente y equitativamente sus beneficios. Y si esto no alcanza a los niños/as para el lo existen “redes de seguridad” o “redes de contención” o “solidaridad privatizada” un eufemismo para calificar el camino de la no inclusión. O el voluntariado como una modalidad para expresar inescrupulosamente el carácter gratuito de los servicios de bienestar infantil.

De nuevo, el problema “realmente” aparece cuando los niños/as y adolescentes se salen del “guión” y entonces el enfoque los convierte rápidamente en “costos”; son costos ahora sí en seguridad que la sociedad tiene que pagar. Sólo cuando el niño/a se hace “delincuente” se convierte en un problema o preocupación pública. Los temas inversión y seguridad están íntimamente conectados en la lógica de esta argumentación ya que, la “supuesta” inversión significaría en realidad el pago por la seguridad de no ser agredidos por los niños y adolescentes en un próximo futuro.

En otras palabras: la versión “soft” de este enfoque afirma que la inversión en la infancia se conecta con la posibilidad de crecimiento vía el aumento de la productividad que se desprende de mayores nivel es de educación. Este sería además el único camino admitido de la inclusión y la movilidad social. En la versión “hard”, sorpresivamente “la inversión se invierte”  presentando la infancia desde el miedo o la amenaza potencial ya que,  si no se “invierte” en la infancia, el los terminarán en una situación de “incontención” o desborde lo que será un atentado a mediano plazo a la propia seguridad individual. Además, no “invertir” ahora significa incurrir a mediano plazo en costos mayores para toda la sociedad. En ambos casos, la conclusión es predecible: los niños/as y adolescentes terminan en la ferocidad de la represión de sus derechos.

Antecedentes de esta actitud pueden ser encontradas en el movimiento “salvadores del niño” en USA en el Siglo XIX descriptas en el excelente y pionero trabajo de Anthony Platt. el término “salvadores del niño” se ha utilizado para denominar a un grupo de “reformadores sociales desinteresados que veían su causa como caso de conciencia y moral y no favorecían a ninguna clase ni ningún interés político particular”. Se definían como altruistas y humanitarios y “su interés en la pureza, la salvación, la inocencia, la corrupción y la protección reflejaba una fe firme en la rectitud de su misión”[26]. Sin embargo, el los fueron los precursores de la asociación del niño con la criminalidad y de tratarlos como un grupo social diferente y peligroso y en su actuar, siempre terminaron imponiendo “sus concepciones de clase y el itistas”. el mencionado estudio concluye que dicho movimiento nunca fue una empresa humanitaria para ayudar a los obreros y los niños pobres a liberarse del orden establecido que los oprimía sino que se trataba de personas pertenecientes a las clases media alta y alta  que contribuyeron a crear nuevas formas de control social para proteger su poderío y defender sus privilegios[27]. Los “salvadores del niño” fueron los que terminaron inventando la delincuencia .

Pero lo que es realmente una paradoja  entre tantas en este campo es que, la distorsión comunicativa pretende hacer “actuar” a los detentores del poder y el stablishment económico (los bancos; las grandes empresas; las compañías multimedios; etc) en favor de la infancia bajo la idea de “responsabilidad social”. Todos tienen que hacer algo y forma parte de los “nuevos” enfoques del management que estimulan la vida ejemplar de los CEOs (Chief Executive Officer) a dedicar tiempo, esfuerzo y contribuciones económicas para ayudar a la infancia. el capital y su ética asociada de ganancia sin límites se esfuerza por legitimarse aquí como “responsable” lo que lo desculpabilizaría de su responsabilidad “social” efectiva que es pagar impuestos y cumplir con sus deberes en el financiamiento y acompañamiento de una política pública. Aparece como “benévolo” disimulando su rapacidad insaciable y al presentarse como “generoso” encubre las bases materiales objetivas en donde basa su poder opresivo (ver Recuadro No.3).

 La Infancia y los Derechos

 Considero ahora la principal fuente legitimadora de la protección de la infancia que es la Convención Internacional de los Derechos del Niño (CIDN). Este es el instrumento político y jurídico más importante que supuestamente regula el campo de la infancia y la adolescencia. Ha sido llamado “la primera” ley de la Humanidad ya que es el tratado internacional que más ratificaciones ha tenido a lo largo de la historia[28]. Su relevancia pedagógica ha sido y es fundamental como lo explica Gómes da Costa[29]. Su importancia política, jurídica y programática es incuestionable. Sus debilidades también

 

Recuadro No.3

  “YUPPISMO SOCIAL” o CIUDADANÍA

 Una nueva forma de legitimación del capitalismo pareciera que pasa por mostrar la emergencia de un moderno empresariado preocupado con los temas sociales. Esa “preocupación” mostraría  un compromiso real con la sociedad y sus problemas.

Aunque continúan haciendo la clásica filantropía, los empresarios contratan ahora profesionales y “arman” equipos que estudian y proponen soluciones concretas para los problemas sociales desde un punto de vista “objetivo”. Aparecen así  jóvenes profesionales, preferentemente de apariencia atlético-deportiva, y empresarios innovativos ahora también “voluntarios” de acciones sociales. Modernos ejecutivos especializados (CEOs) en “gerencia social” y preparados para transformar un aparato público anquilosado y carente de transparencia con las novedosas técnicas “eficientes” de la gestión privada.

Pero nada de lo anterior esta exento de la intención expresa de construcción de poder y de dominio, sea comercial o político. Así no se puede ignorar la creciente aparición de “empresarios” (eufemismo para decir “hombres/mujeres de negocios, muchos de el los sin empresas) que se hacen ahora “visibles” en la política, ni mucho menos, operativos de “social marketing” para hacer un verdadero “lifting” de las empresas presentándolas ahora con un “rostro” bueno y socialmente comprometido. En este contexto, es significativo recordar que paradojalmente, fue un empresario quien primero estudió y midió la pobreza. Su nombre fue Charles Booth y perteneció a la tercera generación de una familia de exportadores de Liverpool. Fundó la compañía naviera The Booth Steamship Company con la que fue tremendamente exitoso.

Simultáneamente a su actividad empresaria, Booth emprendió un estudio en donde por primera vez se midió la pobreza  y que concluyó en un libro publicado en 1902: La Vida y el Trabajo de la Gente de la Ciudad de Londres que comprendió 17 volúmenes. Se le atribuye haber inventado el concepto “línea de pobreza” metáfora que tomó observando los barcos de su firma: la línea que marcaba en el casco de la nave, el nivel de sumersión de la misma.  Pero Booth pensaba que la pobreza no era sólo la cuestión de su medición y estudio.

Su compromiso social no era algo qué practicaba “afuera” de su empresa sino que comenzaba con la misma. En tiempos en que casi no existía ninguna legislación laboral, Booth estableció un plan de pensiones para los empleados de su firma; un plan para compartir las ganancias de la compañía y bonos anuales que se daba a los trabajadores, especialmente en los períodos de recesión para incentivar la productividad. Esos bonos,  pagaban una alta tasa de interés y se acreditaban cuando el trabajador se jubilaba. Booth se adel antó por varios años en la idea de que la ética empresarial era sobretodo una responsabilidad social y pública.

Tampoco su compromiso social era una cuestión meramente empresaria sino también, una ética personal. Así Booth calculó que le hacia falta para vivir - tanto a él como a su familia- 1000 libras por mes en tanto que ganaba 2000. Analizó que gastaba en alimentación 150 libras pero como creía que los trabajadores estaban mal pagos por lo menos en un 50%, consideraba que tenía que “devolver” de algún modo 75 libras. Igualmente, examinando otros rubros de su consumo familiar encontró un “excedente de explotación” equivalente a 500 libras que entregaba a los que necesitaban, simplemente “para que la humanidad volviese a ser lo que tenía que ser”.

el estudio que realizó sobre la pobreza y del cual él mismo escribió 8 volúmenes, demoró 17 años pero no por el lo abandonó sus actividades empresariales: escribía a la noche, en los fines de semana, durante sus viajes a Europa continental y USA. Tampoco pagaba a otros para que levantasen los datos de su estudio. Aunque tenía ayudantes, él mismo convivía en la casa de las familias pobres estudiando su vida y sus hábitos. Llegaba a pasar semanas completas viviendo en los barrios más pobres de la ciudad de Londres. Presentando los resultados de su trabajo cuantitativo y cualitativo en la Real Academia Estadística de Londres afirmó que “en la vivencia con los pobres....y no en la estadística,  radica el poder de cambiar el mundo”.

Booth no organizó ninguna Fundación para su empresa, ni financió museos artísticos para que los visiten los ricos, ni aceptó subsidios públicos, ni pidió exenciones impositivas por las actividades que realizaba. Fue un simple practicante del concepto de “empresa ciudadana” que implicaba tanto titularidad de derechos como de obligaciones. Pensaba que la responsabilidad social de la empresa no consistía en una “ética post-ganancia” ni en una “façade” para mejorar sus ventas ni mucho menos, en la construcción de un espacio público para el prestigio personal o para conquistar poder político.

La CIDN corresponde a un momento del desarrollo de la categoría infancia en donde su objetivo es constituir al “niño” como “sujeto de derechos”: derechos que serían emulables a los de los adultos. Ahora este proceso no es tan simple y puede ser visualizado desde ángulos muy diferentes

Así por un lado, hay una “visión” que promueve un concepto de infancia en donde ésta se aproxima a la idea de una completa autonomía despojándose de la heteronomía que la “domestica” a través de la familia o la “socializa” mediante la escuel a. el niño/a de acuerdo a su edad, adquiere progresivamente derechos y en la medida que accede a su subjetividad, conquista su plena autonomía. el punto final de ese viaje sería  un mundo en el cual el niño es visto como un continuo y no introduce ninguna fractura generacional: la niñez es un tiempo de preparación para la adultez para repetir “la adultez” de los adultos.

Por otro lado y en una visión opuesta, el niño es visualizado también como un ser en evolución pero esa evolución culminaría en un proceso autónomo que se define por su diferencia y oposición al mundo de los adultos y más particularmente, su emancipación esto es, la construcción de su subjetividad, consistiría en superar el mundo adulto de manera que se trata de un proceso que se hace discreto y discontinuo. 

el primer camino, describe tal vez una posibilidad idealizada pero bien próxima a la imagen de la infancia neoliberal que cuenta la historia de niños y niñas que se encaminan con certeza hacia un destino marcado por el consumo y la competencia en donde se asegura el triunfo de los “más aptos”. Aquí lo más importante es el acceso a la libertad y los derechos individuales. No existe la infancia existen niños/as individualizados cada vez más tempranamente. La igualdad que implica la sustentación de una relación simétrica con otros, es sólo considerada como igualdad de oportunidades. el niño/a es un adulto “menor”.

En la segunda visión en cambio, se sigue sosteniendo una subjetividad individual desde que no se promueven las instancias institucionales heterónomas que colocan al niño/a en su relación e ingreso a la sociedad: se trata de un niño/a esta vez distinto del adulto pero su evolución hacia la adultez termina en una especie de “alternativismo individualista”. Se plantea una fractura sólo intergeneracional y en consecuencia, se produce una individualidad “sin sociedad”.

Ahora bien, en medio de las dos versiones descriptas, corre una tercera visión, en donde autonomía y heteronomía son definidos como dimensiones constituvas en tensión continua. Pero en este proceso, los elementos heterónomos que hacen parte al niño/a y al adolescente de una sociedad y de su historia no son una imposición, sino un diálogo entre la generación adulta y la generación más joven sobre cómo construir y direccionar el proceso emancipatorio ya que ambas, son igualmente categorías histórico sociales que en el caso de la pobreza, quedan del lado de las víctimas. Si bien hay una tensión insalvable entre el adulto y la infancia, la principal contradicción radica en este caso, en que ambas categorías se corresponden en una relación social  en donde ambas son oprimidas.

Prosiguiendo con esta reflexión deseo introducir ahora una definición que considero crucial: todos los derechos de los niños/as y adolescentes son derechos “sociales” en el sentido de que su garantía es esencialmente política y por lo tanto, corresponde a la sociedad en su conjunto implementar. No son esencialmente derechos subjetivos en el sentido de ser derechos civiles individualizados. el los existen y por supuesto no deberían ser dejados de lado. Pero los derechos definidos en la CIDN deben ser considerados como derechos “sociales” en el sentido que corresponden al ámbito de lo público y al de una categoría social. Son derechos que una generación busca fundar en una nueva generación emergente como parte de un proceso emancipatorio. En este sentido, los derechos de la infancia y la adolescencia se corresponden con una responsabilidad de los adultos.

Lo anterior tiene una significación sustantiva en el ámbito de una tensión estructural en el desarrollo de la infancia; esto es el eje autonomía-heteronomía. Como afirmé, el niño/a en su desarrollo no parte de una subjetividad pre-constituida pero evoluciona en búsqueda de su autonomía y en lo que los sicólogos denominan “identidad”. La visión liberal considera que es en el período de la infancia y la adolescencia donde se van constituyendo los derechos como parte de la construcción del individuo y que, estos derechos serán “individuales” llegados a su fase “adulta”. En este sentido no hay derechos “sociales” atribuibles a la infancia y la adolescencia. Por otro lado, sostengo que los derechos de la infancia deben ser garantizados por toda la sociedad y por lo tanto, son derechos heterónomos esto es, derechos transindividuales que rel acionan una autonomía en desarrollo pero que está rel acionada con un ser parte de una sociedad, de su historia y de sus dilemas en la representación de su futuro. Y del iberar sobre el futuro de una sociedad es nada menos que discutir la infancia y la adolescencia hoy. Entonces, como no son derechos individuales, los derechos de niños/as y adolescentes son los derechos de “el los”, de aquel los que están más allá de mí, de aquel los que me sobrevivirán. Por eso son derechos que van más allá de la “otredad” o sea, de una “otredad” que se niega a volver sobre el “yo” retrotrayéndose a lo mismo. Son “otros” mas allá del nos-otros. Los derechos de la infancia y la adolescencia corresponden en realidad a la “el eidad”, a el los y por lo tanto, son pura negación de nuestra “mismidad”, pura generosidad sin esperar reciprocidad. Son derechos fuera del “cálculo” sobre todo del cálculo utilitarista de lo que me conviene[30].

Hechas estas consideraciones cruciales cuyas implicancias son decisivas en cómo analizo la CIDN, deseo recordar algunos puntos decisivos en su desarrollo para contextualizar y calibrar su importancia y luego, tratar la cuestión no menor de su status jurídico[31]. Es importante aquí levantar al menos cuatro puntos que son imprescindibles recordar.

En primer lugar, habría que hacer un análisis de las “reservas” que los países hicieron a la Convención[32] en el momento de su ratificación pues nos encontraríamos seguramente con sugerentes sorpresas. La Convención ciertamente está desde su génesis siendo negada en importantes cuestiones relacionadas a la vida misma y en esto también opera la biopolítica de los niños. No sabemos pues con precisión cuánto de su corpus sustantivo está “universalmente” vigente[33].

Recordemos a su vez en segundo lugar, la discusión que se planteó respecto al “interés superior del niño” cuando se discutió la CIDN[34]. Es importante aclarar desde el inicio, que la CIDN en su artículo 3 inciso 1 habla del “mejor interés del niño” (the best interest of the child)  y no del interés “superior” del niño[35]. En su versión original, la propuesta consistía en el interés “superior” del niño (the paramount interest) pero varios países se opusieron y la versión final estableció definitivamente “el mejor” interés del niño. Cambio fenomenal que introdujo un rel ativismo insuperable que trasunta un espíritu paternalista pues: ¿quién define ahora qué es lo “mejor” para los niños? ¿Son los padres? ¿Es el Estado? ¿Son los códigos sociales que se han desarrollado históricamente y conforman un hábito socialmente establecido? Se dejó una verdadera y lamentable aporía.

Es también importante aclarar siguiendo a Alston y Gilmour-Walsh[36], que según el art.3 de la CIDN, al interés superior del niño se le debe dar “una” consideración primordial y no “la” consideración primordial lo que indica que el denominado interés superior es una entre otras tantas consideraciones que deben tenerse en cuenta en la toma de decisiones relacionadas a los niños. Si bien el Comité de los Derechos del Niño ha declarado que el principio del interés superior del niño es “el principio rector-guía” de toda la CIDN el lo no pasa de ser una afirmación entusiasta que contrasta con las reservas y aclaraciones que la jurisprudencia ha establecido en diferentes países. Más confusión añade el artículo 21 que establece que hay que darle a este principio “la” consideración “primordial” en los sistemas de adopción. Importante, principal, primordial son términos que están referidos a situaciones en donde debe definirse explícitamente el contexto de su aplicación. Hay por lo tanto, un amplio ámbito de interpretación y el lo está lejos de ser una el ucidación definitiva.

Otra dimensión importantísima de este artículo es la rel acionada a lo que se define como “medidas” concernientes a los niños y si estas “medidas” alcanzan las omisiones. Está claro que en los redactores, este tema no tuvo la debida consideración. Pero este es un punto central no sólo para la CIDN sino para todo el enfoque sobre derechos humanos. La doctrina convencional establece que las personas son responsables de los daños causados por los actos que efectivamente realizaron pero no por los daños causados por omisiones. Así planteado, este enfoque implicaría una responsabilidad humana muy restringida puesto que tratamos de cuestiones muy cruciales relacionadas a la vida y la muerte, la nutrición, la salud, la educación, etc. Hay omisiones ante hechos “previsibles” como los relacionados a la infancia y la adolescencia y también hay omisiones “intencionales”. Por esta razón la distinción moral entre actos y omisiones ha sido severamente criticada y ha dado lugar al nacimiento del concepto de “obligación positiva” en relación a actos previsibles y prevenibles tanto a nivel individual como social[37]. Volveremos sobre este tema más adelante.

Y por último siguiendo nuestro análisis anterior del biopoder: este artículo de la CIDN que define el interés “superior” del niño y que habla de los “niños” en plural, podría haber significado el reconocimiento político del comienzo de una transferencia de poder a las nuevas generaciones mientras que en el caso del “mejor interés del niño”, son los adultos en general los que deciden y definen “lo mejor” y lo hacen por supuesto, desde el poder.

En tercer lugar, está la cuestión de los derechos económicos y sociales. La CIDN reconoce en varios artículos (especialmente en su artículo 4) los derechos sociales aunque en relación a su financiamiento establece que los Estados miembros deben cumplir con el “máximo de recursos posibles”. Aclaremos que los derechos económicos son como derechos “habilitantes” del resto de los derechos sociales: si no hay financiamiento, no hay derecho que pueda hacerse plenamente efectivo. En el contexto de la lucha Este-Oeste, en este punto hubo un fuerte enfrentamiento cuando se discutió la Convención: por un lado, los por entonces países que constituían la URSS que levantaban los argumentos dando primacía a los derechos sociales y por otro lado, la oposición de EEUU, que esgrimía la idea de que los derechos sociales no existen pues no hay nada que en principio pudiese ser demandable que no sea atribuible a un individuo. La fórmula finalmente adoptada “hasta el máximo” de los recursos disponibles no implica entonces un financiamiento obligatorio para los Estados Partes, para hacer los derechos sociales efectivos, particularmente en las épocas de recesión y crisis económicas en donde los más perjudicados resultan ser los niños/as y adolescentes. Algunos economistas con realismo cruel , afirman que estos “derechos” son sólo “conditional oportunities [38] o sea, son sólo una posibilidad condicionada a la evolución de la economía y la “sacralidad” de las cuentas fiscales cuyo equilibrio por supuesto, está más allá de todo sacrificio impuesto a la infancia y la adolescencia. Y generalmente como no cabe duda suponer lo contrario, en un contexto de pugna sobre recursos escasos, no vale casi nunca aquel lo de “los niños primero”[39].

En cuarto lugar, está el punto de la adaptación de la legislación interna de cada uno de los países a los principios establecidos en la CIDN. Aquí la adaptación de la CIDN ha sido verdaderamente “invertida” en el sentido de que la mayoría de los países y particularmente los que tienen una estructura político institucional federal la han verdaderamente “adaptado” a su legislación interna y no a la inversa como era lo originalmente propuesto. Lo que no ha podido ser adaptado a las condiciones de los que tienen el poder, finalmente no se ha “adaptado” o solamente se ha incluido lo que se considera “inofensivo” esto es, lo que no tiene consecuencias efectivas. La institucionalidad judicial a su vez ha salido, salvo algunas excepciones, fortalecida como órgano protector de statu quo legal que criminaliza a los niños/as y adolescentes[40]. Quiero traer como ejemplo el tema de bajar la edad de la imputabilidad de los “menores” que ha suscitado importantes y significativas discusiones en casi todos los países. Como lo afirmé anteriormente la vinculación infancia-adolescencia-seguridad de los adultos ha tenido primacía en lo que constituye otra prueba contundente de cómo opera el biopoder con respecto a la represión de las nuevas generaciones. La imagen del “niño delincuente” generalmente y dolorosamente prima sobre la del “niño/a futuro” o niño/a esperanza”[41].

Las cuatro observaciones que hice me llevan a plantear en este campo el “estado de excepción” una de las categorías más profundas y originales formulada por Giorgio Agamben en donde analiza “la ambigüedad constitutiva del orden jurídico por el cual este parece estar siempre al mismo tiempo afuera y adentro de sí mismo, a la vez vida y norma, hecho y derecho”[42]. Y esta ambigüedad deja una zona vacía entre el derecho y la vida introduciendo en el caso del derecho positivo referido a la infancia, la posibilidad de la cruel dad respecto a niños, niñas y adolescentes.

En el estado de excepción, el orden jurídico aparece vinculado a la guerra civil, a la insurrección y la resistencia. Serviría tanto para proteger como para anular la vida o para justificar tanto una democracia como un totalitarismo, lo que es su forma más frecuente. Igualmente, la oposición “dentro y fuera” del derecho que está implícita en las teorías del estado de excepción invalida lo que precisamente pretende explicar. En otras palabras, “si lo propio del estado de excepción es una suspensión (total o parcial) del ordenamiento jurídico: ¿cómo puede tal suspensión estar comprendida en el orden legal?”[43].

Pero dejando de lado esa “vaguedad” más que sospechosa y que en muchos casos históricos sirvió para justificar los totalitarismos, es importante destacar la relación entre el estado de excepción y la necesidad. Como bien recuerda Agamben, históricamente existe una tradición que afirma  que “la necesidad no tiene ley” lo cual puede significar cosas tan opuestas como que “la necesidad no reconoce ley alguna” o que “la necesidad crea su propia ley”[44]. En este caso, se crea una situación de anomia de significados que en relación a la CIDN daría tanto para justificar por ejemplo, las demandas sociales emergentes respecto a la infancia y la adolescencia como también, su supresión vía una “necesidad” de equilibrio fiscal.

La situación planteada nos lleva a afirmar que el refugio de las necesidades de la infancia y la adolescencia vía el orden jurídico son muy frágiles y están lejos de ser claras. En otras palabras: los derechos se reconocen en su condición de existencia pero se desconocen en su condición de ejercicio. Para colmo, un análisis del biopoder diría a este respecto que hay una potente polarización entre las fuerzas que se oponen a la ley y otras que la apoyan lo que coloca el orden jurídico en una situación de casi perpetua tensión y ambigüedad. Esto puede instalar al derecho pel igrosamente en una no relación con la vida o a su inverso que es lo más frecuente: la vida sin protección del derecho. Y esto es precisamente lo que frecuentemente sucede con la CIDN: tironeada desde su ambigüedad, entra y a la vez no entra en el orden jurídico nacional; puede proteger o condenar con la máxima severidad. Ahora lo que sí debe quedar claro para una infancia y adolescencia que no pueden autorepresentarse, es lo que Agamben citando a Benjamín dice: “la tradición de los oprimidos nos enseña que el estado de excepción en el cual vivimos es la regla”. Ahora si el estado de excepción es la regla aboliendo así la aplicación de la ley, el lo borra dramáticamente la distinción entre violencia y  derecho, entre ley y verdugo y por ende, la policía también se mueve en estado de excepción. Si esto fuese así, niños/as y adolescentes cuya constitución como categoría social reclama casualmente una consideración “especial” de la ley como lo establece la CIDN, ese estatus “especial” es un “estado de excepción” lo que en verdad los deja “fuera” de la ley y esto constituye un argumento contundente sobre su estado de indefensión.

Concuerdo por último con la situación de esquizofrenia jurídica que se produce por la vigencia de dos leyes: la CIDN incorporada a la Constitución  y la vigencia de la vieja legislación basada en la situación irregular[45]. Aquí nuevamente aparece el estado de excepción como una estructura de ambigüedades respecto a la infancia y la adolescencia en el sentido de que la norma jurídica incluye y a la vez excluye. Coincido pese a todas las objeciones realizadas que la CIDN implica la posibilidad concreta de terminar con toda una cultura de la discrecionalidad de los padres, los funcionarios, el poder judicial y las ONGS (aunque lamentablemente la Convención  no dice nada respecto del principal responsable que es el sector privado). Es claro que la pretensión de reducir los ámbitos de discrecionalidad de padres, maestros, funcionarios, ONGs y empresas es ampliar los ámbitos de la democracia aunque esto, por importante que sea no descarta las dificultades de su implementación. En este sentido, coincido con García Méndez en que hay una fuerte correlación entre profundización de la democracia y reducción de la discrecionalidad  pero debe esclarecerse, que la discrecionalidad – como estado de excepción- históricamente ha demostrado que nunca funcionó para proteger a los grupos en los cuales se justificaba su intervención pues así funciona el biopoder “soberano” tout court[46].

 

Infancia y Derechos Humanos

 

Complementariamente al punto anterior, no puedo dejar de referirme ahora a un enfoque reciente que coloca los derechos del niño/a  y adolescente como punto prioritario en la agenda por el cumplimiento de los derechos humanos. Más precisamente, en el contexto de los derechos económicos y sociales, se supone que la infancia debe ser un punto central en la lucha contra la pobreza y que por lo tanto, una estrategia que intente superar la misma debe comenzar por hacer efectivos los derechos de los niños y niñas. Los derechos humanos serían como un código moral que debería cumplirse primeramente con las jóvenes generaciones.

Puede observarse correlativamente que en las más recientes luchas por las identidades y el reconocimiento de las diferencias, hay un creciente proceso de “humanización” de los derechos particulares: todos los grupos sociales entre el los, las mujeres, los indígenas, las personas con capacidades diferentes, los “sin tierra”, los “sin techo”, etc. en la lucha por hacer “visibles sus derechos”, intentan su “humanización” como derechos para, primero priorizarlos, segundo asegurar su inapel able cumplimiento y tercero universalizarlos. En ese contexto, niños/as y adolescentes deben también luchar para asegurarse “un lugar” en una agenda de derechos humanos paulatinamente tensionada y muy dinámica en lo que se refiere a los distintos contextos históricos desde donde una conflictividad social creciente los invoca. Habermas critica con razón esas diferencias en la lucha por los derechos que son exasperadas al límite y llama la atención sobre los grupos sociales que proceden “como monadas aisladas, que actúan interesadamente, que no hacen sino lanzar sus derechos subjetivos como armas los unos contra los otros”[47].  Aquí la infancia y la adolescencia corren con desventaja dada la imposibilidad de su auto representación como veremos más adelante.

Paralel amente, en el escenario internacional surgen sobre todo a partir de los años 70 los derechos humanos como una posibilidad de ordenamiento de un mundo globalizado en donde se piensa que deben existir algunos valores morales universales que sirvan como principios guías de la conducta humana sea individual o colectiva y cuyo cumplimiento integral no pueda ser cuestionado. Los derechos humanos serían como un meta-derecho inapel able correspondiente a una moral “perfeccionista” pero esto está muy lejos de ser viable dada la naturaleza socialmente divergente de la cultura moderna.

Hay una manera  neoliberal de plantear los derechos humanos que en este momento puede ser considerada hegemónica y que tiene que ver con el origen mismo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 que acordemos, fue el aborada sin la participación de la mayoría de los pueblos del mundo. Esta visión  pone énfasis en el reconocimiento casi exclusivo de los derechos individuales; reconoce un derecho colectivo como la autodeterminación que fue cercenado en su origen por causa de los pueblos subyugados por el colonialismo europeo y ahora por el fundamentalismo para luchar contra el terrorismo; le otorga primacía a los derechos civiles y políticos sobre los derechos económicos, sociales y culturales y reconoce el derecho a la propiedad que fue durante muchos años, el único derecho económico inapel able[48].

Esta tradición que continuamente se viene afianzando procede de una afirmación sobre los derechos humanos como derechos negativos: derechos destinados a amplificar la libertad individual contra el estado, o los grupos o las clases sociales. No tienen como base ninguna idea de una naturaleza humana inapel able: los derechos humanos representan lo que es correcto y no lo que es bueno. Y como las ideas de bien implican un amplio espectro, un régimen que pretenda la universalidad de los derechos humanos debe ser compatible con un pluralismo moral. Es por esta razón que la virtud prudencial básica que se esgrime es aquel la de la tolerancia sobre las diferencias en donde los derechos humanos terminan siendo según  Gray[49], un Modus Vivendi o sea, una forma de compromisos precarios sujetos a un consenso que será determinado de acuerdo a circunstancias políticas y sociales concretas y no en abstracto. Como bien lo ha expresado Isaiah Berlin se trataría de seguir “el individualismo liberal que tiene como base una teoría minimalista del bien: define y prescribe lo negativo, es decir las restricciones e injusticias que hacen imposible la vida; al mismo tiempo, no prescribe ningún conjunto positivo de vidas buenas que se pueden llevar”[50] a cabo. En esta visión, los derechos inculcan una “moral” en los seres humanos para ser “libre de” y no de ser “libre para”. Como hay muy distintas concepciones del bien y de lo que se considera una vida buena se termina en un dramático rel ativismo cultural pero que, según los teóricos de las libertades negativas, este rel ativismo es la mejor coartada contra la tiranía.

Contra esta visión económica “ortodoxa” ha reaccionado Amartya Sen. Particularmente,  en discusión contra el concepto de justicia de Rawls y las ideas centradas en el “liberismo” de Nozic, Sen ha levantado el enfoque de las capacidades que provee un sostén sustantivo para una caracterización más amplia de las libertades fundamentales y los derechos humanos y que toma en consideración la pobreza y sus consecuencias como el hambre, las enfermedades y la muerte que la misma conlleva. Sen argumenta correctamente, que la pobreza es una condición que restringe la libertad (freedom-restricting). Por ejemplo, si una persona vive desnutrida y en pobreza tiene una capacidad más que restringida para el ejercicio de las libertades básicas. En consecuencia, demandas mínimas relacionadas al salir de una situación de pobreza como nutrición adecuada, casa, vestuario y educación pueden ser conceptualizadas como derechos. Más aún, Sen avanza caracterizando los derechos humanos como “objetivos” del desarrollo argumentando que en un sistema ético sensible, los derechos humanos son el principal parámetro para evaluar el desarrollo (Sen, A. 1982, 1992,1999 y 2002)[51].   

Pero dejando de lado la “excepcionalidad” del enfoque de Sen, nos encontramos nuevamente en la Declaración Universal, con una ambigüedad particularmente en lo que respecta a los derechos sociales que es la misma que ya apuntamos en el caso de la CIDN. No es mi intención profundizar más este tema que requeriría entrar en un análisis mucho más detallado que el ya realizado. No obstante, debo afirmar que los derechos humanos tampoco escapan a una consideración biopolítica: su profundo contenido minimalista tiene como destino  depositar y retener a las víctimas de la opresión en la nuda vida de la zoé  y/o regular el despliegue de una ciudadanía basada en un individualismo sin contención en ninguna forma de heteronomía. Al individuo como fuera de la ley. Casualmente, el biopoder se legitima desligándose de todo lazo social, de toda ley común condenando a la mayoría de las personas a una economía restringida a una mera  “conservatio vitae”.

Ahora sí hay algo positivo en los derechos humanos desde su instauración en los sucesos de1879 es que han habilitado, aún con sus serias limitaciones normativas, el desarrollo y la conquista de innumerables derechos y defendido valerosamente millones de vidas humanas aunque la trayectoria de esas luchas está largamente incompleta. Como lo documenta Pablo Salbat, “la relevancia actual del tema de los derechos humanos encuentra sus orígenes, en la mayor parte de América Latina, en la década de los años setenta, y se rel aciona histórico-políticamente, con la instalación de un conjunto de regímenes autoritarios que violan los derechos humanos de manera sistemática.  Estos regímenes, en su mayoría gobiernos de las FFAA o sostenidos por el las, se apoyaban ideológicamente en la doctrina de seguridad nacional, la cual obedecía a un esquema de rel aciones políticas internacionales típico del período de la guerra fría entre bloques antagónicos”[52]. Y nadie tendría condiciones de contradecir que la lucha por estos derechos desembocó en la conquista de la democracia y lo más importante, es que aún hoy constituyen la posibilidad más concreta de su profundización política.

Argumento que es necesaria una política de derechos humanos e igualmente una política para la CIDN que  articule a ambos como instrumentos para la lucha política. Como ya sostuve, esa política debe basarse en luchas afirmativas ante la negatividad del mundo y en conformar una ciudadanía social que articule el amplio espectro de fuerzas que afirman la identidad y la diferencia [53]. Por lo tanto, esa política debe conciliar una esfera pública estatal y no estatal en un espacio público, cuya característica central sea la de estimular una lucha política transformadora. En este contexto, asevero que es un error separar lo humanitario implícito en los derechos humanos y lo político pues esto significaría aislar los derechos del hombre de los del ciudadano. Se equivocan las organizaciones humanitarias y particularmente las organizaciones supranacionales, al reducir la defensa de los derechos humanos a la vida nuda o zoe, a un minimalismo en la ayuda y protección sólo centrado en la sobrevivencia abandonando el campo de la ciudadanía y la lucha política[54].

En una humanidad exigida desde una crisis sin precedentes aparecen los derechos humanos como un espacio potencial aglutinante en donde es posible pensar una práctica política emancipatoria en medio de un tiempo de generalizado escepticismo. Como afirma Pablo Salvat, los derechos humanos tienen una particularidad que es la de funcionar como idea reguladora a través de la cual se expresa –de distintas formas y en diferentes tiempos-  la constante búsqueda del hombre de una mayor libertad y  justicia y sobretodo, “como un posible foco articulador de un nuevo tipo de racionalidad integradora que coloca en su centro, una ética de la responsabilidad solidaria”. Ahora es casualmente la solidaridad social la más combatida ya que, el mercado y el biopoder luchan por prescindir de el la puesto que la solidaridad social[55] implica una dimensión profunda del ser orientado comunicacionalmente con “el otro” y por lo tanto, es un modo de coordinar la acción por medio de valores, normas y el empleo de un lenguaje que habilite el entendernos como ciudadanos. Habermas también ha destacado esta dimensión solidaria del bien y su vocación universal al afirmar que cuando interpretamos la justicia como lo igualmente bueno, el “bien” constituye un puente entre justicia y solidaridad[56]. Y esto es crucial para la defensa de los derechos de la infancia y la adolescencia.

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el Estado y los Niños/as

 

En una situación en donde la autonomía de una persona está en desarrollo y la heteronomía necesita ser constituía no como negación de la individualidad o como una situación opresiva sino como relación con “el otro” y en este caso me refiero a la sociedad, es indispensable la presencia de lo público. Si la infancia y la adolescencia son una categoría histórico social, entonces se hace fundamental el poder configurador del Estado y su institucionalidad como garantes de una política pública  respecto a los derechos de la infancia y la adolescencia.

Necesito acá hacer algunas precisiones sin entrar a desarrollar todo lo que esta involucrado en términos de la relación Estado - Sociedad Civil[57]. Percibo que con una frecuencia sistemática, los analistas (sobre todo los filósofos europeos) argumentan una reiterada identificación del Estado como el origen del totalitarismo. Es cierto que la historia de Europa occidental ha estado asociada a las luchas por la libertad más que a la igualdad y en la última fase de su consolidación, al desgarramiento étnico asociado al emerger del Estado Nación[58]. Pero en este aspecto tomo otro rumbo, menos eurocéntrico, diferenciándome claramente de todos el los.

Pero repasemos antes algunos elementos claves de esta discusión. En la mayoría de los análisis el centro de los cuestionamientos es  el Estado como institucionalidad aglutinante y origen del totalitarismo y por lo tanto el centro crucial de la opresión[59]. Es explicable que en esos exámenes después de las experiencias del Holocausto y el Gulag se identifique el pel igro totalitario en el Estado particularmente en el “Estado-Partido”. Además, debido a la presencia expansiva de la URSS, Europa occidental y sus teóricos, fueron siempre justificadamente desconfiados de una visión del aparato estatal asociado a la posibilidad de construir sociedades más isonómicas. Hasta ahí se entiende y si la situación fuese así, ésta sería hasta justificable.

Pero desprendimientos de estos análisis resaltan una dualidad maniquea: sociedad civil “buena” y estado “despótico y corrupto”[60]. Como resultado de esos enfoques y de las políticas de “fortalecimiento” de la sociedad civil en el este Europeo y de la política del “empowerment” de las comunidades contra el Estado y la política, resultó un pavoroso y largamente documentado proceso de desmantel amiento de la institucionalidad pública acompañado de una privatización de servicios y de una flexibilización laboral que conllevó mayor desempleo y precariedad laboral[61]. La correlación de fuerzas que emerge de esa situación, no culmina tampoco como se argumenta, en una sociedad civil “fortalecida” ni en la emergencia de una vigorosa esfera pública no estatal o en el surgimiento de nuevos movimientos y actores sociales con una subjetividad histórica, sino en un proceso de fraccionamiento y discontinuidad de las luchas sociales que pierden el carácter de construcción colectiva. En el final, estos desarrollos culminan en procesos de concentración del poder no ya en la “visibilidad” (controlable al menos como posibilidad) del “poder” de lo estatal sino en la “invisibilidad” de los intereses del poder biopolítico del mercado y de fuerzas que extraen su fortaleza en el ocultamiento de su configuración opresiva[62].

Lo que no se entiende y no se puede justificar, es que no se centre el análisis sobre las crecientes desigualdades y la pobreza que afectan desproporcionadamente a niños/as y adolescentes e igualmente, a la ausencia de consideraciones relacionadas al poder expresado en el mercado y la economía. el Estado aparece como una institución no referenciada a la economía y autónomo de intereses que no sean los de una burocracia “insensible” o de partidos políticos concebidos como “máquinas” de poder. Incluso se llega a identificar a los funcionarios como “los enemigos” de los emergentes actores sociales “progresistas”[63]. Pareciera que, para muchos analistas europeos lo más “social” a lo que se puede llegar es al tema de los inmigrantes y por lo tanto, al multiculturalismo. De ahí las cuestiones relacionadas a las identidades sociales y las diferencias. Y la respuesta a esta situación, no pasa más que por la “tolerancia liberal”. En esta visión, los filósofos “de izquierda” coinciden con los filósofos “de derecha” los que, en abierto ataque al Estado ponen en su lugar vel adamente al verdadero poder, esto es el “mercado” y sus bases de dominación[64].

En tanto, en los países de “menor desarrollo rel ativo” no puede explicarse ni entenderse el Estado como autónomo de la materialidad de la economía. el Estado no es una entidad abstracta sino que es un espacio de lucha en donde se puede configurar el sentido y la direccionalidad de las políticas públicas. Generalmente, en los países “más pobres” el Estado es “ocupado” por un gobierno circunstancial, determinado por intereses extraterritoriales y tiene en consecuencia, una institucionalidad muy frágil sobretodo respecto a los intereses económicos asociados al mercado globalizado. el Estado entonces, ciertamente no representa el poder ni es el recinto del poder y las luchas sociales en este caso deben trascenderlo. Pero el Estado, sí puede ser origen de instancias a través de las cuales sea posible constituir una situación hegemónica que produzca un cambio sustantivo. el Estado puede configurar una posición positiva de separación del poder hegemónico –externo e interno- y al mismo tiempo y en determinadas circunstancias, representar un poder político autónomo. Aunque -seamos sinceros- también debe reconocerse que puede ser cierta la hipótesis contraria, especialmente cuando “ocupan” el Estado los partidos políticos autodenominados “progresistas” que terminan aceptando las prescripciones del poder para posibilitar hacer un país “gobernable”. Pero en cualquiera de los casos, se trata de un espacio de lucha política[65].

En el caso de la infancia y la adolescencia, las anteriores observaciones no son menores. Es claro que los derechos de niños, niñas y adolescentes no pueden recaer solamente en las organizaciones de la sociedad civil cuyo car