
12 de junio:
¿Una marcha contra "el trabajo infantil" o contra "los niños trabajadores"?
Dice la sabiduría popular que no hay persona más ciega que la que no quiere ver. Dice el lenguaje culto de la academia que el exceso de ideologismo exagera el pensamiento convergente y lo vuelve terca reiteración de una misma fórmula ritual, sin ninguna relación con la realidad.
El último informe de la OIT con relación al llamado trabajo infantil es un conjunto impresionante de datos aproximados, contradictorios y en muchos casos claramente manipulados. Una demostración de ello es suficiente, por ejemplo, el caso de América Latina: puede afirmarse que en esta región sí hubo un descenso del trabajo infantil, pero elevando a casi el doble los datos del informe anterior. Si se hubieran mantenido como antes, se habría puesto en evidencia un fuerte aumento de los niños que se ven obligados a incorporarse en el mercado de trabajo. De igual manera se registra un fuerte aumento de niños trabajando en África, continente donde más se han empleado recursos para promover, en los últimos años, una política “erradicacionista”.
De cualquier persona honesta y de mediana inteligencia se esperaría un mínimo de autocrítica, una alusión, aunque tímida, para repensar los dogmas y argumentos hasta ahora empleados y de las consecuentes propuestas y recomendaciones de políticas públicas.
Nada de ello ha ocurrido. El informe último registra una descarada indiferencia para reconocer el fracaso de tantos años y décadas de políticas abolicionistas recomendadas, imputando la responsabilidad a una falta de energía, a una carencia de voluntad, a la ausencia de compromiso de los sujetos involucrados.
Frente a la crisis económica generada por un salvaje capitalismo financiero que arroja a la pobreza y a la miseria a miles de millones de personas y niños; ante el egoísmo estructural de un orden mundial tercamente convencido que el dios “mercado” al final va a arreglarlo todo por su energía interior palingenésica; y al asumir la representación y responsabilidad política de todos aquellos y de todas aquellas instituciones, que mientras levantan banderitas coloreadas de los derechos del niño, devienen objetivamente cómplices del hambre, la exclusión, la negación ciudadana; cómplices de privilegios para pocos e inhumanas carencias para muchos: sobre todo esto existe un silencio absoluto.
Es esto lo que la OIT evade sibilinamente y no quiere condenar políticamente. En lugar de la indignación, y de una suerte de impostergable maldición bíblica de ira y rayo divino por lo crimines cometidos, tan solo contempla el minué del voluntarismo, del eufemismo, de una universal absolución y buenos propósitos para el futuro.
Otra vez la propuesta es la misma, la de una lucha “contra el trabajo infantil”, que no es sino una categoría abstracta de la sociología, sin cara, sin voz, sin olor a humanidad. Esa lucha contra el trabajo infantil, de hecho seguirá significando normatividad, represión, actitud agresiva, penalización, redadas, encierros, suspensión de la patria potestad, en fin, lucha contra los niños trabajadores, pues, como nos decía Paulo Freire: siempre el enemigo quiere acabar con la pobreza matando a los pobres.
El 12 de junio nosotros también marcharemos, pero no en contra de los niños trabajadores, sino en contra de los explotadores del “trabajo infantil”; en contra de los gobiernos y organismos internacionales que no denuncian ni actúan con suficiente fuerza y agresividad el sistemático y globalizado abuso de los derechos de las personas, que se desentienden de los mecanismos estructurales de la violencia, y se conforman con unas cuantas limosnas de buenas intenciones y lemas caritativos.
El tema de los niños trabajadores tiene un trasfondo político y todos aquellos que, por ingenuidad o por viveza criminal, quieren enclaustrarlo en el recinto de las piadosas causas humanitarias, sin compromiso político y emancipador, ofenden el diario sacrificio con que estos niños trabajadores viven el Gólgota de su pueblo y la sufrida, terca e insumisa lucha para reconquistar pan, dignidad y ciudadanía.
Por ello, el 12 de junio gritaremos a voz en cuello: “¡Que vivan los niños trabajadores, luchando en contra de la miseria y de la hipocresía, por un trabajo digno, una vida digna, un mundo cuya esencia sea la dignidad de todos!”
IFEJANT
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